Manuel Quintana | Canada

Recuerdos de una pesadilla – El enemigo éramos nosotros
Eran las 8:00 AM en mi trabajo aquel día de otoño de 1973, nada hacía presagiar que algo fuera diferente aquella mañana, y por cerca de dos horas parecía todo normal. De pronto, súbitamente, la jefatura de la fábrica requirió del personal reunirnos con ellos y fuimos comunicados que teníamos que abandonar la planta de producción, como así también, el personal de oficinas de la empresa Jugos Watt. Inmediatamente sin Mayor Información de parte de la jefatura. Debido a que la fabrica estaba ubicada aproximadamente cerca de la moneda, alrededor de 15 cuadras des de Avenida Matta y la Alameda General Bernardo O’Higgins, pudimos ver en el cielo dos aviones de muy moderna construcción, eran aviones de propulsión a chorro, que dejaban una estela cuando circulaban alrededor del Palacio De Gobierno continuamente, obviamente agresivos y amenazantes. De pronto Los aviones empezaron a disparar misiles que caían con gran precisión dentro de los patios internos del palacio de Gobierno. De pronto me puse muy inquieto al pensar que mi hita Elia y mi hijo Lalo, que entonces cursaban humanidades- Lalo de 15,en Avenida Diez de Julio en la ciudad de Santiago. De pronto, el transito público empezó a paralizare y yo me preguntaba ¿qué será de ellos? ¿Dónde estarán? Entonces, me dirigí a mi negocio. Que atendía un primo mío ubicado en Avenida Irarrázaval esquina de lo Encalada, yo estuve en lo correcto, ellos estaban ahí. Como no había movilización colectiva, decidimos mis hijos además del novio de mi hita un muchacho de 18 amos, de nacionalidad Argentina, que había venido a Santiago a Visitarnos, a correr hacia nuestra casa ubicada en San Joaquín y Plaza Brasil. En el paradero #2 de la Gran Avenida. Mientras corríamos por Avenida Diez de Julio desde Irarrázaval hasta alrededor de 10 cuadras, un jeep militar con seis militares armados de fusiles dispuestos a disparar, se aproximaron hacia nosotros en sentido contrario. Corrimos por nuestras vidas, La Suerte nos acompaño, como también la distancia que era de una cuadra. Gracias también a mi hija Elia, que alcanzo a ver la cortina metálica semi-abierta en uno de los negocios que había en la Avenida Diez de Julio, a si que saltamos hacia dentro del negocio con nuestros cuerpos planos contra el suelo. Honestamente no sé si esos soldados se compadecieron de nosotros, solo sé que tuvimos el susto de nuestras vidas. Pensando que el peligro había pasado, pero no era a si, en una de las calles laterales para nuestro horror, pudimos ver un tanque de guerra de dimensiones descomunales, cubriendo el paso por la calle completamente, a si que continuamos corriendo aterrados hasta llegar a nuestra casa en plaza Brasil. Ese mis m odia en la noche apareció en televisión un General de la Fuerza Aérea amenazando a la población que debíamos ceñirnos a las ordenes de permanecer dentro de nuestras casas bajo el lema «El que no obedece muere». Por tres días estuvimos sin pan y otras básicas necesidades de un hogar.
Entonces recién comprendimos que el enemigo éramos nosotros.